Tadej Pogaçar tuvo que abandonar la Vuelta a España en la octava etapa por una caída al tropezarse en la “piedra del gregario”, cuando la carrera en esos momentos discurría con aparente tranquilidad en busca de una llegada al esprín.

El ciclista esloveno es uno de los nuevos fenómenos del deporte mundial. A eso une un carácter amable y extrovertido, que le han hecho ganarse las simpatías de una amplia mayoría.

Sus prestaciones ciclistas desde su irrupción en el ciclismo profesional han ido creciendo de un modo extraordinario, hasta el punto de que en modo alguno resulta exagerado que se venga discutiendo ya si es el mejor de la historia de ciclismo cuando aún no ha cumplido los 27 años.

Segunda participación en La Vuelta

Esta era su segunda participación en la Vuelta a España, después de que en la primera (2019), aún con veinte años, acabara ganando tres etapas y entrando en el tercer peldaño del podio final. Acudía a esta edición con la intención de ganar, porque es el único entorchado que le falta en su palmarés en cuanto a grandes vueltas por etapas. Y llevaba camino de conseguirlo.

Tras siete etapas disputadas se había encaramado a lo más alto de la clasificación general con extraordinaria superioridad, después de haber conquistado por el camino tres victorias parciales.

Más allá de la victoria

Pogaçar corre de un modo que en el su objetivo último no es la victoria, sino el modo en que la consigue, en una especie de desafío a todo o nada. Ataca sin mirar los kilómetros que faltan para meta ni los puertos que quedan por delante. Y en esa manera de buscar la victoria (un poco a lo José Manuel Fuente, Luis Ocaña…, pero con más recursos) le ha hecho ganar aún más la admiración de los aficionados.

Sus rivales en las vueltas por etapas especialmente —pero no sólo, porque sube, contrarrelojea y esprinta— asumen que van luchar por el segundo puesto. Y no lo toman a mal, porque su cara juvenil y su fácil sonrisa los acaba ganando también, aunque les birle la victoria.

Gloria y confianza

La gloria –ese universo de luces rutilantes, a veces cegadoras- se fue haciendo compañera inseparable del corredor esloveno también en la ronda española. Llegaba a La Vuelta con un palmarés de tanto peso sólo en este año que grandes corredores necesitan toda una carrera deportiva para acumularlos.

Estaba pletórico de confianza, en cierto modo, justificada; pero en el deporte, y especialmente en el mundo del ciclismo, hay que tomarla siempre en dosis muy comedidas, por más que los rivales hayan asumido ya la derrota. Las amenazas siempre están al acecho.

Tropiezo en la piedra del gregario

La etapa discurría aparentemente tranquila, abocada al esprín final. La discusión estaba en cuántos velocistas podrían pasar el puerto de tercera a treinta kilómetros de meta para disputar la victoria y que estaba a punto de empezar a subirse.

Fue entonces, cuando en un tramo llano la rueda delantera de la bicicleta de Pogaçar se encontró con un pequeño objeto (una piedra o similar) bastante orillado en el arcén de la carretera. Y de un modo sorprendente, su bicicleta se descontroló de tal manera que saltó por los aires y el líder de la carrera se fue al suelo de forma violenta.

El golpe fue tan fuerte que tuvo que retirarse en ambulancia, con fractura de clavícula izquierda y una vértebra, además de diversas contusiones.

Causante e inductor de la caída

El causante del accidente fue ese objeto en el asfalto; pero el inductor hay que buscarlo tal vez en la gloria, en esa especie de aura mística a disposición tan sólo de los elegidos, con la que Pogaçar mantenía una permanente y estrecha convivencia. Esa gloria de brillos fascinantes, pero en ocasiones también cegadores, capaz de otorgar una confianza extraordinaria, pero que incluso el mejor de los ciclistas debe tomarse con reservas.

En condiciones normales, esa piedra era para uno de sus compañeros de equipo. No quiero decir que se debería haber caído uno de sus gregarios en su lugar, ni mucho menos, sino que debería ir delante abriéndole camino y avisándoles de cualquier incidencia. También de esa.

Y, en condiciones normales, esa piedra estaría demasiado orillada en el arcén para que el líder de la carrera se llegase a topar con ella, porque suele circular escoltado por zonas más seguras de la calzada, a no ser en situaciones de luchas encarnizadas y carreteras estrechas donde hay que abrirse camino por dónde sea; pero no era el caso.

En ciclismo no basta con derrotar a los rivales

Pero como hacerle ver eso a Pogaçar, que ha repetido en numerosas ocasiones que no le divierten las carreras de tres semanas; es decir, eso de ganar hoy y tratar que ir conservando la renta un día tras otro hasta llegar a la meta, porque el ciclismo no basta con derrotar a los rivales y que estos lo asuman. Hay que arrastrar la victoria hasta la última raya.

Maldita lección

El ciclista del UAE habrá aprendido ayer la lección; pero maldita lección, porque no es un corredor de cálculos, de nadar y guardar la ropa. Eso no va con su carácter aventurero. Lo suyo es tirar para adelante y no rodar escoltado en medio del pelotón por sus compañeros de equipo.

Sería una gran pérdida para todos que esa piedra en el camino acabe quitándole este gran tesoro que tiene, a mayores de sus excepcionales condiciones atléticas, como es su espontaneidad. Pero, lo primero, desearle una pronta y plena recuperación.

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