Pepe Xagarós
Si disfrutas en los espacios naturales, cualquier época del año te parecerá buena para visitar el entorno del embalse de Eiras y la garganta profunda del río Oitavén, que en su tramo alto se pude seguir durante algo más de un kilómetro fácilmente desde las alturas por la Senda da Auga, esa vía que cada año utilizamos en A Gran Bikedada.

No obstante, sus momentos en los que ofrece más atractivos esta visita es después de una época de abundantes lluvias y, en especial, en la primavera.

El Embalse o Encoro das Eiras, referente se encontraba esta Semana Santa, literalmente, rebosante; el agua acumulada se desbordaba por la parte superior, desplegando sobre la presa, de arriba abajo, dos enormes cortinas blancas y vaporosas, tan vaporosas que en parte se deshacían en la fuerte caída vertical en pequeñas nubes de vapor, creando en el ambiente un halo sutil de irrealidad.

El río en este tramo alto discurre con prisa, salvaje y distante para en ciclista o senderista. Sus aguas, atrapadas en el embalse, cuando tienen la oportunidad de abandonarlo, salen furibundas cauce a bajo, sin miramientos, arrastrando ramas y troncos y batiendo contra las rocas, que aguantan el embate firmemente, pero amoldándose poco a poco a lo que la corriente quiere: superficies lisas, suaves y sin aristas, que faciliten el correr dell agua.

Las laderas del cauce son escarpadas, en zonas casi completamente verticales, esculpidas sobre pura roca que apenas puede retener sobre su superficie un fino manto de tierr, en el que se asienta una vegetación variada, aunque predominan las silveiras (zarzales) y las xestas (retamas), que empiezan a cubrirse de sus características y muy llamativas flores amarillas.

Cuando la capa de tierra ofrece un grosor un poco mayor, es posible que acabe creciendo algún pino o carballo (roble), que por lo general nunca será muy grande porque sus raíces no pueden profundizar en la roca. Esto hace que no consigan del suelo suficientes nutrientes o que el viento acabe derrivándolos por su débil enraizamiento.

Las silvas (zarzas) forman una barrera que difícilmente permiten el paso de las personas que quieran seguir el curso del río por otro lugar que no sea la Senda a Auga, y tendrán que hacerlo desde una altura considerable.
Una mayor aproximación hasta llegar al contacto con el agura será posible utilizando una embarcación adecuada para rafting.

El Oitavén es un río muy apreciado para esta actividad deportiva, aunque no sé si incluso sus aguas son demasiado bravas. Lo cierto es que a lo largo del año suelen verse practicantes de este deporte, llegados de distintos puntos de Europa. En ocasiones coinciden con ellos en Eiras los ciclistas participantes en A Gran Bikedada.

En otros tiempos, las tierras altas de las márgenes del río estuvieron cultivadas, como lo confirman algunos muros de piedra propios del rural gallego que mantienen sus estructuras en pie parcialmente.

Hoy esas márgenes del río se han convertido en espacios inhóspitos para los lugareños, porque los zarzales y los tojos dan poca opción a penetrar en ellos, pudiendo decirse que las aguas del Oitavén en la zona alta discurren por parajes prácticamente vírgenes.

Si llevas una cámara o el móvil (hace unas décadas pudo parecer una extravagancia la idea de colocarle una cámara a un teléfono), no podrás resistirte a tomar algunas fotos. No importa que hayas estado antes una o cien veces, siempre querrás tomar una nueva.

Y lo cierto es que, por lo general, va a ser una foto nueva, porque a la naturaleza no se le puede tomar nunca la misma foto: la vegetación, la luz… algo ha cambiado de una visita a otra que hace la foto diferente.






